Es gratificante ir observando como la población va tomando conciencia de las contraindicaciones que tiene el consumo de leche animal y sus derivados.

La leche es una sustancia que producen los mamíferos, principalmente las hembras, cuya ÚNICA función es alimentar a sus crías hasta que se produce el destete y son capaces de comer otros alimentos. Es un alimento de crianza, con fecha de caducidad, no de continuidad, y propio para cada especie,  las necesidades nutricionales de un humano difieren a las de un ternero, una vaca, una cabra, una oveja, una búfala, una camella, etc. Somos el único ser vivo del planeta que consume leche de otro animal. Puede que las leches animales tengan muchas cualidades nutritivas, pero su composición química es diferente a la humana, y carece del campo energético de nuestra especie, no encaja con nuestro metabolismo.

Aunque contenga proteína, hidratos de carbono y grasas, dan serios problemas. Por ejemplo, la caseína es una proteína de la leche de vaca que «se utiliza como pegamento en relojería […], dentro de nuestro organismo se deposita en los folículos linfáticos que rodean el intestino impidiendo la absorción de otros nutrientes, produciendo fatiga crónica y alteraciones intestinales». (Olga Cuevas, bióloga).
Las grasas animales de estas leches producen gran cantidad de colesterol, si  la pasteurizan (proceso por calentamiento) se hacen más saturadas, de hecho se hicieron pruebas en terneros dándoles leche pasteurizada de su madre y «no han vivido más de seis semanas» (Annemarie Colbin «El poder curativo de los alimentos»), y si la homogeinizan (reducir los nódulos de grasa), atraviesan directamente las paredes del intestino sin pasar por el proceso de digestión, aumentando el colesterol y los triglicéridos en sangre.
Y en cuanto al hidrato de carbono de la leche: la lactosa, necesita de una enzima (lactasa) que en muchos pueblos como el africano, el asiático, el americano, se va perdiendo con la edad, sin poder asimilar la leche en su organismo.

La  naturaleza nos enseña que la leche se consume directamente de las mamas, sin contacto con el exterior, pues en caso contrario (como pasa en las granjas) se altera. Al ser un alimento fácil de asimilar abre un canal fantástico para la proliferación de todo tipo de microorganismos. Por lo tanto las leches animales llegan a nuestras manos hiper procesadas, modificadas, siendo de todo menos naturales,  más difíciles de digerir y de asimilar.

La leche animal tiene una gran cantidad de antígenos: sustancia que induce a la formación de anticuerpos, debido a que el sistema inmune la reconoce como una amenaza, y lo debilita.

Las mujeres sufren más los efectos adversos y bloqueadores de los productos lácteos, pues desde el punto de vista de la naturaleza, la leche sale de la mujer, NO entra, así pues, al invertir el proceso energético, se bloquean los conductos.

También se ha podido constatar la relación de los productos lácteos con la excreción de mucosidad (pulmones, asma, alergias, laringitis, sinusitis, moco cervical, etc)  por su elevado contenido en proteína y calcio, muy superior al de la leche materna. En muchos casos el exceso de calcio puede formar cálculos renales, quistes ováricos…

Podríamos estar hablando mucho de este tema, pero me gustaría acabar este artículo con las palabras de la doctora Annemarie Colbin:
«En el plano espiritual, a mi me parece que la leche nos reune con la energía materna y alienta esos sentimientos asociados con nuestra infancia […] Nos mantiene en inocente felicidad y ausencia de plena conciencia. Efectivamente, mientras consumimos leche o productos lácteos con regularidad, no hemos sido totalmente destetados, y así, al margen de nuestra edad cronológica, continuamos siendo incapaces de desarrollar en plenitud el potencial de un adulto.[…] Debe de haber una profunda verdad en lo que escribió san Pablo a los hebreos en su epístola (5:12-13): «Habéis vuelto a necesitar leche en vez de alimento sólido; y, claro, los que toman leche están faltos de juicio moral, porque son niños».

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