Durante el tiempo que estuve trabajando en una Herboristeria-dietética de mi ciudad, pude ver la gran cantidad de personas, de diferente sexo y edad, que padecían algún tipo de transtorno digestivo, y por extensión a la piel, los ojos, boca, etc. debido a una intolerancia alimentaria o alergia.

Estos dos conceptos hay que saber distinguirlos muy bien, porque dan pie a muchas confusiones entre la población.

Todo empieza en el tracto digestivo expresándose de diversas formas: hinchazón abdominal, acidez, gases, estreñimiento, diarrea, náuseas… Las causas pueden ser muchas, pero se pueden ir concretando en la manera en la que cocinamos los alimentos, el tipo de producto que se consume, ya sea precocinado, con conservantes, colorantes, etc. dietas desequilibradas a las que les falta uno de los grupos de alimentos: carbohidratos, grasa o proteína; falta de fibra… el comer deprisa, consumir alcohol, tabaco, café, medicamentos, etc.

El órgano clave que suele desencadenar estos transtornos es: el intestino delgado, cuya principal función es la absorción de los nutrientes necesarios para el cuerpo humano, y representa el 70% de nuestro sistema inmunológico, por lo tanto las consecuencias pueden ir más allá en forma de eccemas, manchas en la piel, dolor de cabeza, mal humor, etc. Y en un principio, rara es la vez que el afectado lo atribuye a la ingesta de un alimento.

Cada vez hay más casos de intolerancia o alergia a uno o varios alimentos, y parece que la cosa va en aumento. El cuerpo lo expresa a través de una dolencia, después de haber comido o inhalado el alimento o de un aditivo contenido en el mismo.

La intolerancia es una reacción anormal del metabolismo que nada tiene que ver con el sistema inmunológico, tiene que ver más con alteraciones en la digestión o el metabolismo de los alimentos, debido a la falta de la enzima (sustancia mayoritariamente proteica) que ayuda a metabolizar y digerir el alimento. Por ejemplo, la intolerancia a la lactosa ocurre porque la persona en cuestión produce poca o nada cantidad de enzima lactosa; lo mismo ocurre con los celíacos, los cuales presentan una lesión severa en la mucosa del intestino delgado por una inadecuada absorción del gluten (proteína que tienen diferentes tipos de cereales: trigo, cebada, centeno, avena, espelta y kamut).

En cambio una alergia es una respuesta alterada del sistema inmunológico ante el contacto, ingesta, inhalación, componente o traza de algunas de las proteínas que forman parte del alimento, llamadas alérgenos, pero no el alimento en sí. Ante el fallo inmunológico, el organismo crea unos anticuerpos que segregan unas sustancias químicas, inflamatorias en piel, mucosa, sangre, produciendo diversos síntomas como transtornos respiratorios, tos, moqueo, picores, etc.

La intolerancia afecta a individuos especialmente sensibles a nivel digestivo, no toleran bien el alimento en cierta cantidad. En cambio la alergia afecta generando transtornos que van más allá del digestivo, llegan al sistema inmunitario y por tanto puede poner en peligro la vida.

En general, debido a la dificultad de establecer un diagnóstico, el tratamiento de la medicina convencional se centra en el síntoma y no en la causa generando una cronificación del problema. Por ello se debe establecer una dieta equilibrada y adecuada a la persona que padece el transtorno aumentando la ingesta de alimentos crudos y cocinados a baja temperatura -110º, siempre mejor al vapor. En las alergias hay que eliminar totalmente el alimento, y en las intolerancias se puede consumir en pequeñas porciones, excepto el gluten y el sulfito (aditivo alimentario que actúa como conservante y antioxidante, también se encuentra en fármacos, bebidas, etc).

Para reforzar y nutrir las células intestinales existen varias vias como el consumo de probióticos y prebióticos, zinc, cobre, vitamina A, C, Omegas 3 y 6, y los aceites esenciales de orégano y menta.

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